 El hotel se ubica en un caserón blasonado del siglo XVI, una de las pocas que quedaban sin restaurar, que había pertenecido al canónigo Dobón. La reforma, que ha conseguido una docena de habitaciones, distintas todas ellas, mantiene el sabor del edificio, repleto de recovecos y rincones plagados de interés. Las habitaciones siguen esta línea personalizada. Espectaculares muebles de época, restaurados por los propietarios, confieren atractivo original a cada una de ellas. Un dosel sobre la cama, un escritorio centenario, maderas nobles por doquier... lo moderno queda simplemente para ofrecer comodidades. Como cabría esperar, la parte gastronómica también se ha cuidado. Además de bar —con una recoleta terraza interior—, el hotel cuenta con dos coquetos comedores, uno de ellos con chimenea, encendida cuando el tiempo lo requiere. Platos de corte actual, que no reniegan de la tradición de la zona. A modo de ejemplo, valga una de las opciones del menú, por 15.02 euros: lasaña de morcilla de arroz y borrajas con salsa de tomate, solomillo de cerdo a la mostaza sobre cama de berenjenas y crema de turrón con brandy. Más una carta, corta pero bien seleccionada, igual que su bodega.
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