 Desde hace no mucho tiempo, el Hotel Calatayud se ha configurado como uno de los restaurantes imprescindibles de la ciudad. No ha sido ajeno a ello la llegada de un nuevo chef, joven y experimentado, Santiago Rotaeche, cinco años ya en la casa, que de forma callada ha encontrado un nexo de unión entre la muy desarrollada cocina vasca y la calidad de los productos aragoneses, que usa con profusión. Más allá del menú diario, digno, con propuestas más que suficientes y un precio razonable, la casa destaca por su carta, o por las propuestas especiales. Una doble obediencia vasco aragonesa, a lo que hay que añadir el gusto por la materia prima —con especial atención a los productos naturales de la huerta local— y los ajustados puntos de cocción. No faltan en invierno los platos de cuchara, como los Garbanzos de ayuno o las Judías blancas al estilo antiguo, que complementan a las verduras, los asados, las chuletas de buey o los postres elaborados y actuales. Completan las virtudes del restaurante su bodega, amplia, con especial atención a su propia denominación, la de Calatayud, de la que se llegan a encontrar vinos que no llegan a los mercados nacionales.
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